Amanda Seibiel

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febrero 19, 2025

 

El despertador sonó como si un trueno entrara en la habitación. De un

manotazo lo mandé al suelo y volví a arrebujarme entre las sábanas.

Estábamos a principios de febrero y hacía un frío que pelaba. Yo tenía

la calefacción al mínimo, porque no estaba para demasiados gastos,

pues el trabajo de camarera no me permitía nadar en la abundancia.

Tendría que ir pensando en otro empleo, pero me faltaban horas en el

día: llegaba muerta del chiringuito de comida rápida de Laurence y

solo me apetecía darme una ducha y meterme en la cama.

Ahora sonaba la alarma del móvil. Era la de refuerzo, lo que me

obligaba a sacar mi blanco culo de la cama. Me acerqué a la ventana y

miré hacia el cielo. Apuntaba otro día gris en la magnífica Nueva

York. Por suerte, yo no vivía entre aquel caos de gente ajetreada que

deambulan siempre a toda prisa y con el corazón a toda pastilla. Mi

apartamento de Harlem era de lo más tranquilo, salvo alguna disputa

nocturna entre borrachos, lo que ocurría muy rara vez.

Me rasqué la cabeza para espabilarme y me miré al espejo. Mis ojos

azules estaban sin chispa y mi pelo negro necesitaba un corte y un

tratamiento de hidratación.

––¡Ja! Deja de soñar, Deva. Estás apuntando muy alto ––le dije a mi

reflejo.

Me quité las legañas y fui directa a la ducha. En tiempo récord estaba

fuera, ya que el agua no salía demasiado caliente. Estaba tiesa como

un pajarito. Me sequé el pelo y me vestí cagando leches. Llevaba más

capas de ropa que las cebollas. Luego, al llegar al curro, me tocaría

desprenderme de ellas. No sé cómo no enfermábamos todas con los

contrastes entre el frío de la calle y la calefacción asfixiante del local.

Aun así, me puse el gorro de lana y el abrigo y bajé a esperar al

autobús. Me quedaban unos veinte minutos de camino hasta llegar a

Madison Ave. Justo detrás del Hospital Monte Sinaí estaba el Fast

Food Laurence, el lugar donde trabajaba seis días a la semana y

libraba uno. Un chollazo.

Esa semana tenía que renovar el bono bus. Miré el monedero y vi que

solo me quedaban diez dólares. Menos mal que al día siguiente era

domingo y cobrábamos. Siempre nos pagaban al terminar la semana,

pero no podía seguir así, necesitaba encontrar algo mejor. Suspiré y el

aire gélido salió de mi boca. Hacía un frío fuera de lo normal; seguro

que acabaría nevando. Subí al autobús y me tocó ir de pie. Genial, el

día pintaba de lo más cojonudo…

***

Veinte minutos más tarde entraba por la puerta del local. Eran las

nueve menos diez de la mañana y aquello ya estaba a reventar. Estela

salió con una bandeja llena de huevos fritos, bacon, tostadas y café.

Hice un mohín y la saludé con la mano.

––Ponte el uniforme y espabila, que hoy hay faena ––me dijo mientras

caminaba entre las mesas.

––Ya voy ––bufé con desgana.

Estela era una de las camareras más antiguas. Hacía un año, cuando

entré a trabajar, ella ya estaba sirviendo mesas con ese cuerpazo de

infarto, su preciosa melena rubia y esos ojazos azules con un brillo

que los míos no tenían. Quería ser modelo y trabajaba para ahorrar y

llegar a poder cumplir su sueño. Era una chica increíble y los clientes

se la comían con la mirada.

Fui a la parte trasera y empecé a quitarme las capas de ropa que traía

encima. En eso llegó Emma, que hacía el mismo turno que yo y

empezamos a trabajar juntas a la par. Era más tranquila, pero con más

carácter. No se tomaba muy bien las bromas y si un cliente la

piropeaba, se ganaba una buena regañina. Laurence la amonestó varias

veces por eso, ya que el cliente siempre tiene la razón…

––¿Qué tal, Deva? —me dijo—. ¿Cómo es que hay tanta gente un

sábado por la mañana?

Emma estaba tan sorprendida como yo.

––No tengo ni idea —respondí y me encogí de hombros—. Suelen ser

días tranquilos, pero ya has visto cómo está el panorama.

Me puse el pantalón y la blusa negra: todo ceñido, por supuesto.

Luego me recogí la melena negra en una coleta y esperé a Emma.

––Ve saliendo tú —me dijo—. Creo que Estela necesita que le echen

una mano.

Ella se estaba peleando con el pantalón, que parecía no entrarle.

––Te espero fuera, entonces.

––Joder, creo que he engordado ––maldijo.

––¿Te ayudo?

––Ya está. Tengo que dejar de ir a esas cenas de las Jet Set.

Me quedé parada, mirándola sin saber de qué hablaba. Ella pareció

ruborizarse y se recogió la melena pelirroja en un moño desaliñado.

Me dio un empujón suave y entramos en el jolgorio de gente en el que

la apurada Estela no daba abasto.

Fui dentro de la barra y empecé a pasar las comandas a cocina, que

luego le distribuía a Emma y a Estela para que las sirvieran a las

respectivas mesas. Aun así, no eran suficientes para toda la gente que

había allí.

––Pero ¿qué pasa hoy? ––le pregunté a la cocinera.

––Hay un congreso en el hospital y, como somos los más cercanos,

todos han venido hacia aquí. ––Abigail se secaba el sudor con una

servilleta de papel––. Es una locura.

Al poco apareció Laurence y entró detrás de la barra, donde yo estaba

situada. Era un tipo alto, negro, con el pelo muy corto y barba de dos

días. No sabía su edad, pero yo le echaba sobre los cuarenta y pico.

Imponía un huevo, aunque luego era un buenazo.

––Hola, Deva. Ya veo que vais de cabeza. Sal y ayuda a tus

compañeras; yo os paso los platos.

––De acuerdo.

Le obedecí y cogí un bloc de notas y un bolígrafo para anotar los

pedidos.

Estuvimos todo el día así. Hubo momentos de calma y pude comer

algo, pero los pies me echaban humo y la espalda me mataba.

Incluso pude salir a fumar un cigarro. Estela me acompañó, mientras el

aire gélido nos hacía tiritar del frío.

––¿Cómo vas de propinas? ––Estela soltó una bocanada de humo y

volvió a pegar otra calada. Aquello era fumar un cigarrillo exprés.

––Pues me ha salvado la vida, porque solo me quedaban diez dólares

en la cartera ––le confesé sin tapujos.

Me miró sorprendida y tiró la colilla a la papelera. Se cruzó de brazos

y se volvió hacia mí.

––¿Es que tienes problemas económicos? —me preguntó.

Me eché a reír por no llorar.

––¿Me estás vacilando o qué? ¿Dime quién no los tiene? Tengo que

poner la calefacción al mínimo y por horas; si no, no puedo pagarla.

Esto es el mundo real —comenté con amargura.

Luego apagué el cigarro. Iba a entrar cuando Estela me puso la mano

en el hombro. Me volví hacia ella.

––No tenía ni idea de que estuvieras tan mal —murmuró con lástima.

––Tampoco lo voy pregonando a los cuatro vientos. Cada uno que se

coma su propia mierda.

Hizo un gesto de desagrado y volvió a la carga.

––Tampoco hace falta que te encierres en ti misma. Llevamos un año

trabajando juntas y hay opciones para poder ganar más dinero. Solo

que…

Se calló. Parecía morderse la lengua. Ahora la miraba yo con

curiosidad.

––¿Solo qué, Estela?

––¡Chicas, se terminó el momento del cigarro! —Era Laurence,

cortándonos todo el rollo—. ¡A currar!

––Ya hablaremos en otro momento —me dijo mi compañera—.

Tenemos pendiente esta conversación.

Entramos de nuevo y me froté las manos para calentarme. Me quedé

pensando un momento en lo que había dicho Estela, pero no se ganaba

dinero fácil si no era metiéndose en cosas malas…

***

Por fin se había terminado la jornada laboral por ese día. Tras fregar y

recogerlo todo, yo fui la última en ir a cambiarme. Emma y Estela

estaban hablando de algo y cuando entré se callaron y disimularon

pero que muy mal ante mí. Yo estaba agotada y me importaba un

cuerno si estaban criticándome o charlando de seguridad nacional.

Solo quería cambiarme e irme a casa a dormir. Las miré y las noté

incómodas, lo cual hizo que yo también me sintiera del mismo modo.

No era una persona de callarme las cosas, así que me encaré y les hice

frente.

––¿Tenéis algún problema conmigo?

Abrieron mucho los ojos y les invadió la vergüenza.

––Lo siento ––dijo Emma––. Estela me estaba comentando lo de tus

problemas económicos.

Abrí la boca, incrédula.

––¿Pero por qué os interesa tanto mi vida? Meteos con alguien

interesante. Desde luego, yo no lo soy.

––Deva, no te enfades. Solo queremos ayudarte. Eres nuestra

compañera de trabajo.

Estela me puso la mano en el hombro, pero yo me aparté molesta.

––Pues si sois mis compañeras y os preocupáis en serio, dejad de

meter la nariz donde no os incumbe.

Me cambié a toda prisa, cogí el abrigo y salí disparada de allí hacia el

autobús. No entendía qué demonios les había dado a esas dos para que

quisieran hacer de Santa Teresa de Calcuta conmigo. Subí al autobús y

me hundí en mis pensamientos hasta que llegué a casa.

***

Cuando abrí la puerta esperé ver a mi madre en la cocina

preparándome la cena. Hacía poco más de un año que había fallecido,

atropellada por un degenerado que se había dado a la fuga. Cuando

nací, mi madre biológica me abandonó a las puertas de un orfanato y

Glenda me adoptó después de pasar por varias casas de acogida y muy

malas experiencias. Ella se había quedado viuda de Anderson Jones y

me adoptó con trece años. Me puso el apellido de su marido y el que

ella usaba. Glenda era de origen puertorriqueño y me enseñó a hablar

español. Aunque no me había parido, no podía quererla más como

madre. Su muerte fue una tragedia para mí. Nunca quiso que trabajara,

solo que estuviera con ella cuidándola y queriéndola. Ella se ocuparía

de que no me faltase de nada. Ahora que no estaba, me había

convertido en una perfecta inútil, nada más.

La vida se me hacía muy dura. No podía con los gastos, no sabía

organizarme y todo se me hacía cuesta arriba porque de esas cosas se

encargaba ella. Pero ahora mi madre no estaba y tenía que aprender de

cero a vivir yo sola, lo que me costaba lo mío. Me había dejado el

piso en herencia y un poco de dinero, que se había esfumado en un

santiamén, con todos los trámites y gastos del entierro. Menos mal que

encontré ese trabajo de camarera, pero aun así llegaba pelada a final

de mes. Y eso si llegaba.

––Hum, ¿qué es esto?

Cogí una carta que habían dejado bajo la puerta. Abrí el sobre y quise

morirme. Era de la comunidad, de una reunión a la que por supuesto

yo no había asistido. Decían que el edificio tenía ya sus años y que

necesitaba unos arreglillos en la fachada. Se había aprobado una

derrama por propietario de tres mil dólares por cabeza.

––¡Tres mil dólares! ––chillé escandalizada––. ¿De dónde voy a sacar

yo tres mil dólares?

Estaba fuera de mí. Me dejé caer de rodillas al suelo y arrugué el

sobre entre mis manos. Las lágrimas salían de mis ojos a borbotones a

causa de la frustración y la impotencia que sentía. No conseguiría ese

dinero en la vida, aunque trabajase catorce horas seguidas de lunes a

lunes. Lloré y lloré hasta quedarme sin fuerzas. Luego fui a rastras

hasta la cama sin cenar, pues no tenía hambre. Me acosté vestida y

comencé a llorar de nuevo hasta que el cansancio pudo conmigo.

***

Abrí los ojos y me desperecé. Llevaba puesta la ropa del día anterior.

Todos los recuerdos vinieron a mi cabeza: la maldita derrama de tres

mil dólares. Me levanté de golpe y me quité la ropa arrugada y fui

hacia la ducha. No hacía más que pensar en el imprevisto de última

hora que me creaba una ansiedad horrorosa. ¿Cómo iba a conseguir

semejante cantidad de dinero? No lo había visto junto en la vida.

Estaba tan ensimismada en mis pensamientos que ni me importó que el

agua saliera más bien fría. Creo que hasta lo agradecí, porque me

despejó la cabeza. Salí, me sequé la melena y me vestí con mis típicas

capas de ropa. Hoy también era un día bastante frío.

Ya en la calle, caminando hacia la parada del bus vi pasar a gente muy

arreglada. Era domingo y allí, en Harlem, había muchas iglesias

baptistas. Sus misas de góspel se conocían en todo el mundo y a los

turistas les encantaban. La gente se engalanaba para la ceremonia

religiosa y era un espectáculo digno de ver. Subí al autobús y agradecí

el calor de la calefacción; me estaba quedando helada. Esperaba que

fuese un día tranquilo y no la marabunta sin cesar del día anterior.

El domingo me gustaba porque era el día de cobro, aunque aquella

mañana mi ánimo estaba a ras de suelo. Lo que me iban a dar no me

llegaba ni para un ladrillo de la maldita derrama. No me la podía

quitar de la cabeza… Cada vez que acudía a mis pensamientos la

moral se me iba al piso.

El autobús me dejó en la parada de costumbre y fui caminando los

escasos metros que quedaban hasta el Fast Food Laurence. Estela

fumaba un cigarro en la puerta y me ofreció uno al verme llegar.

––Buenos días. ¿Un cigarrito para combatir el frío?

Se lo cogí de buena gana y me acerqué mientras prendía el

encendedor. Di una calada que me sentó de maravilla.

––Gracias —dije—, era justo lo que necesitaba.

Venía atacada de los nervios y un buen cigarro siempre me

tranquilizaba. Enseguida Estela me clavó su mirada celeste. Parecía

que tuviera un radar para detectar los problemas.

––¿Te encuentras bien? Te noto un poco agobiada.

Solté una bocanada de humo y me giré hacia ella con los hombros

caídos y la moral por los suelos. Ya se me había pasado el berrinche

de ayer y yo no era rencorosa.

––Lo estoy. Parece que el mundo se ha aliado para joderme la

existencia.

No sé por qué lo hice, pero me sinceré con ella.

––Puedes hablar conmigo. Te aprecio mucho y no me gusta verte así

de jodida.

Miré el reloj. Faltaban cinco minutos para empezar el turno. ¿Por qué

no? Estela era una buena tía, muy currante.

––Pues que apenas llego a fin de mes desde que murió mi madre y

ayer me mandaron una carta pidiéndome tres mil dólares para una

derrama del edificio. Y no sé de dónde voy a sacar el dinero.

Exhalé con fuerza el aire de mis pulmones.

––Menuda faena —murmuró Estela—. ¿No se han pasado un poquito?

––Y tanto. Solo sé que, como no pague, me veo con el piso embargado

y durmiendo en la calle. Es lo único que me queda de mi madre y no

quisiera perderlo… ––suspiré con melancolía.

Ella me observaba y se rascó la cabeza con nerviosismo.

––Yo sé cómo ganar dinero. Mucho dinero ––precisó.

—Ya me comentaste algo. Ayer no te hice mucho caso, pero hoy estoy

desesperada. Si puedes ayudarme… por favor.

––Ahora no tengo tiempo de explicártelo y no es para hacerlo a la

ligera. Cuando terminemos el turno hablaremos con calma. Tranquila,

no te quedarás sin tu piso.

Sus palabras me animaron y me pareció ver que el cielo se abría y

entraba un poco de luz. Deseé que lo que me ofreciera fuera legal y no

tuviera que pasarme al lado oscuro de la ley. No creo que mi madre lo

viese con buenos ojos, pero ahora tenía que conseguir el dinero

costase lo que costase.

***

El domingo se me hizo eterno por dos motivos: uno fue que no había

demasiado trabajo y el otro era las ganas de terminar el turno para

poder hablar con Estela. Me tenía en ascuas y se me había pasado de

todo por la cabeza.

Laurence apareció como siempre sobre las cinco de la tarde para

pagarnos. Yo estaba impaciente, pero esa vez precisamente no era por

cobrar. Nos reunió en la parte de atrás, ya que en ese instante no había

nadie en el local y Abigail controlaba desde la cocina.

––Chicas, tengo que felicitaros, como siempre. Ayer fue una locura,

pero supisteis desenvolveros bien y todos los clientes quedaron

satisfechos. Sois las mejores; por eso, os voy a gratificar con cien

dólares a cada una.

A mí me venían de perlas. Una semana en la que iría más holgada. Si

no fuera por la maldita derrama…

––¡Gracias! ––dijimos al unísono.

—Emma, Estela… ––carraspeó––, para San Valentín habrá un

catering nocturno para la Jet Set. ¿Cuento con vosotras?

Ellas se miraron entre sí y asintieron. Yo me quedé con cara de mona

de Pascua.

––¿Qué es eso? ––dije. La pregunta me salió del alma.

––Pues una fiesta en la que el catering lo llevo yo, y Emma y Estela

trabajan de camareras. No te lo he pedido a ti porque sé que sales muy

cansada y hay que tener mucho aguante en esos eventos. Lo siento,

Deva ––me explicó mi jefe.

––Entiendo —repuse—. No pasa nada, tienes toda la razón.

––Bueno, pues ya podéis iros a descansar.

Laurence salió alegremente y nos quedamos las tres para cambiarnos

de ropa.

––No sabía que hacía caterings nocturnos para la Jet Set ––comenté

de pasada.

Otra vez esa mirada entre ellas.

––Sí, es algo que hace ocasionalmente —murmuró un tanto nerviosa

Estela—. Eso es lo que quería comentarte, pero mejor cambiémonos y

hablemos en otra parte.

Emma le lanzó una mirada de reproche.

––¿Le vas a contar lo de la Jet Set? No sabrá encajarlo. No lo

hagas… ––le riñó y negó con la cabeza.

Estela se acercó a la puerta y la cerró.

––Bien, mejor que estemos las tres. Se lo voy a contar porque necesita

el dinero. A ti tampoco te hizo gracia cuando te lo comenté ––le

recriminó a Emma––, pero ahora no te pierdes ni una.

––Eso no es justo —contestó mi compañera pelirroja—. Deva es muy

diferente, tiene un carácter muy infantil.

––¿Perdona? —dije yo—. Creo que no me conoces y estás hablando

de mí como si no estuviera. ¿Queréis decirme de una puta vez qué es

eso de la Jet Set?

Me crucé de brazos, esperando una respuesta y mirándolas muy

seriamente. Carácter infantil… ¿Qué coño sabrán esas? Menuda

infancia de mierda había pasado yo, de casa en casa hasta que Glenda

me adoptó. Tuve que aguantar de todo y mi vida no iba muy bien

encaminada si no hubiera sido por mi madre. Con trece años ya había

mantenido relaciones sexuales y me gustaba el alcohol más que a un

niño un caramelo. Carácter infantil. ¡Pero si no tuve infancia!

––Vamos a tranquilizarnos todas un poco y a hablar con coherencia.

Creo que te hemos juzgado mal. Siéntate y te explicamos lo que es la

Jet Set.

Estela me cogió de la mano y nos sentamos en las sillas de plástico

que había en el local.

––Son fiestas tematizadas para adultos y gente de muy alto standing

que organiza un excéntrico millonario —empezó a relatar Emma—. El

único personal externo que acude a ellas somos los camareros y

camareras del catering que sirve la cena. Solo por asistir nos pagan

mil dólares.

––¿Mil dólares por servir una cena? ––solté un grito, sin poder

evitarlo.

––Si solo quieres llevarte eso, sí —siguió Estela—. Nadie está

obligado a hacer nada que no quiera. Luego puedes quedarte en la

barra a servir, pero no puedes irte hasta que no se acabe la fiesta.

––No entiendo. ¿Es que puedes ganar más? ¿Qué tengo que hacer? ––

Sentía cosquillas en el estómago de la emoción. Mil dólares…

––Verás, Deva ––añadió Emma––. Para empezar, no sueles ir con tu

traje de camarera normal. Según de qué vaya la fiesta, así tendrás que

ir vestida.

––No entiendo… ––titubeé.

Estela se puso de pie y, con una mano en la cintura y otra agitando el

aire, explotó:

––Son fiestas sexuales, orgías, bacanales. La gente rica se folla al

personal del catering, siempre con tu consentimiento. Luego te dan

unas propinas astronómicas. Se trata de sexo de lujo, en lugares de

lujo. La palabra clave es Jet Set. Si aceptas ir, bien; y si no, también.

Me quedé muda. Mi cerebro estaba procesando aquella noticia tan

poco común que no hubiera imaginado en mil años. No podía ni

parpadear.

––Di algo, Deva ––exigió Emma.

Tragué saliva para poder digerir un poco y así hablar con calma sin

perder los estribos.

––Sois putas de lujo… ––lo solté sin más.

––¡No! No has entendido nada —exclamó ofendida Estela––. Yo voy

porque me lo paso bien. Me da morbo, me follo a quien me gusta y me

saco una pasta para pagarme la academia de modelaje. Nadie me

obliga a nada. La gente mataría por poder acudir a esas fiestas y no

pueden.

Me froté los ojos para despejarme y comprender lo que me

explicaban.

––Si quisieras, te sacarías los tres mil dólares en una noche —me

susurró con dulzura Emma.

Me levanté y me puse el abrigo. Tenía que salir de allí y respirar aire

fresco.

––Deva, sé que parece muy fuerte, pero no lo descartes —dijo Estela

—. Piensa si quieres venir a la de San Valentín. No tienes que

acostarte con nadie. Tú solo observa y luego decide. No es tan malo

como parece, confía en mí.

Me estaba regalando los oídos, pero mi cabeza estaba bloqueada,

necesitaba pensar.

––Tengo que irme —respondí—. Ya hablaremos. No me esperaba

esto. Lo siento.

Salí del local como un rayo en busca del aire gélido. Cuando abrí la

puerta de la calle me golpeó en la cara y por fin pude respirar.

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